Los herederos de la Generación Dorada: el equipo menospreciado que desafió a las matemáticas

En matemática sería imposible. El total es la suma de las partes, no puede ser más ni menos. En el básquetbol, donde las estadísticas tienen tanto peso y se analizan segundo a segundo, se ve esa ley reflejada en cada juego. Las síntesis de los partidos son frías listas alfanuméricas de lo producido en la cancha: «Luis Scola 10 (puntos), Facundo Campazzo 12, Gabriel Deck 24, etc, etc, etc… DT: Sergio Hernández». Luego habrá una progresión de puntos convertidos cuarto a cuarto comparada con la de su rival. Dirá algo como «Parciales: 22-21, 24-20, 10-16…», y el resultado final, la cantidad de tantos de cada equipo, que nunca será la misma. Porque en el básquet no hay empate, uno gana y el otro pierde.

Pero para llegar a ese resultado, están las personas que lo generan: los integrantes de los planteles. En los análisis previos –todos-, la Selección Argentina que participó en el Mundial 2019 tenía jugadores que no calificaban lo suficiente como para soñar más allá de un lugar en los cuartos de final y la clasificación a los Juegos de Tokio 2020. Objetivos muy importantes, aunque algo modestos si los comparamos con los de la era dorada de Emanuel Ginóbili & cía.

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