Michael Jackson: la atroz perversión que se gestó en Neverland a la sombra de los éxitos musicales

Michael Jackson fue el Rey del Pop. Su dominio del mundo de la música en los años ochenta es irrepetible. Impuso nuevas condiciones. Reconfiguró las reglas del negocio musical. Thriller fue el mayor éxito de la historia. Luego intentó, en vano, repetir ese tsunami de ventas. Buscó durante años volver a encontrarse con el gusto del público, pero siempre fue detrás de él. Las fórmulas preconcebidas no producen fenómenos. Pese a su percepción personal, a su insatisfacción por no batir todos los récords (que él mismo ostentaba) con cada producción el éxito lo acompañaba. Treinta millones de discos vendidos de sus dos trabajos siguientes (Bad y Dangerous); History como el disco doble más vendido de la historia y un disco que pareció una módica edición, Blood on the dance floor se convirtió en el líder histórico de las listas de remixes.

Ese mega éxito puso el foco también en sus extravagancias. La reclusión, las costumbres extrañas, los problemas de madurez, la convivencia con animales exóticos. La apariencia física lo obsesionaba. Todos los pasos en ese aspecto lo hacían alejarse de sus orígenes. La nariz, masacrada por decenas de operaciones, se convirtió en una masa informe: eso sí, pequeña. Nada quedaba del apéndice de base ancha, con amplios orificios nasales, con líneas redondeadas. También fue cambiando el color de su piel. Fue empalideciendo progresivamente. Se habló de procedimientos médicos inusuales; Michael alegó vitiligo para explicar el súbito blanqueamiento.

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