En buses o en vuelos pagados por Trump: la angustia lleva a los centroamericanos que esperan en México a devolverse a sus países

Han pasado nueve días desde que a Vilma Ruiz la devolvieron a Tijuana junto a su hijo de 9 años. Ella está sola, sentada en una silla en un albergue para migrantes y su rostro tiene dibujada una tristeza tan profunda que se contagia. Cuando habla, suelta las palabras con desgano y sin mostrar gesto alguno. A diferencia de su hijo, que sonríe y corre por todos lados con el resto de los niños de su edad.

«Ya no quiero seguir aquí. Me siento mal. Uno viene con la ilusión de llegar a Estados Unidos, pero nada. Para mí irme es una decisión tomada», dice ella, que explica que no quiere esperar cinco meses en un albergue a que llegue su primera fecha de corte con un juez de inmigración. «Me voy a esconder aquí, mami, ese niño me está pegando duro», la interrumpe él, que entiende poco las razones por las que están en México.

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